viernes, 24 de abril de 2026

Dios, Scooby-Doo y la Navaja de Ockham

 Hay un patrón tan repetido en la historia que casi merece su propio programa televisivo. Durante milenios, la humanidad se topó con un fenómeno inexplicable, se encogió de hombros y pronunció la palabra mágica: “Dios”. O “Zeus”. O “Quetzalcóatl”. Era el recurso narrativo perfecto para tapar agujeros en nuestro conocimiento, el comodín existencial antes de que existiera el método científico.





El trueno no era una violenta expansión del aire por un rayo; era la ira de Júpiter. Las cosechas no dependían de las precipitaciones y los nutrientes del suelo; eran un regalo de Deméter o una maldición de alguna deidad ofendida. La epilepsia no era una tormenta eléctrica cerebral; era posesión demoníaca. La peste negra no era una bacteria llamada Yersinia pestis viajando en pulgas de rata; era un castigo divino por nuestros pecados. Incluso el Universo entero —ese inmenso océano de galaxias con un diámetro de 93.000 millones de años luz— no era el resultado de una singularidad inflacionaria, sino la deliberada manualidad de un creador cósmico. Durante siglos, la respuesta predeterminada a la pregunta “cómo” fue un simple “quién”.


Esto me recuerda, por estúpido que suene, a Scooby-Doo.


Piénsalo. Cada episodio de esa vieja caricatura seguía la misma estructura obsesiva: un pueblo, una mansión, una leyenda aterradora. El Fantasma del Payaso Fantasma, el Monstruo de la Ciénaga, el Espectro de la Minera. Criaturas sobrenaturales que paralizaban de miedo a los lugareños con sus ojos brillantes y sus cadenas oxidadas. La pandilla —esos imbéciles entrañables de la Máquina del Misterio— llegaba, investigaba y, tras veinte minutos de puertas que se abren y cierran y pasillos recorridos a la carrera, descubría la verdad: no era un fantasma. Era siempre un sujeto disfrazado ("El viejo Jenkins"). Siempre un tipo con una máscara de látex, un proyector y un motivo mundano y ridículo, como apoderarse de una mina de oro o proteger un negocio de contrabando. Y al final, la explicación lógica se imponía, el villano gruñía “¡y lo habría logrado si no fuera por esos chicos entrometidos!”, y el misterio se disipaba como el humo de una máquina de niebla barata. Lo peor de todo, es que capítulo tras capítulo y despues de haber resuelto decenas de "misterios", los protagonistas aún seguían creyendo que el misterio en turno se trataba de algo paranormal. 



Es inverosímil que la sociedad actual, con telescopios que escrutan el nacimiento de las estrellas y aceleradores de partículas que recrean los primeros instantes del cosmos, siga aferrada a la misma estructura argumental que un episodio de Scooby-Doo. Hemos desenmascarado a Zeus, a Deméter y al demonio de la epilepsia. La ciencia, esa pandilla de chicos entrometidos con bata blanca, ha ido revelando las causas naturales detrás de cada fenómeno. Física, química, biología, cosmología: todas han ido reduciendo el terreno de lo inexplicable, arrinconando la necesidad de un “disfraz” divino. ¿No resulta ya casi infantil, en el mal sentido, seguir adjudicando el misterio supremo —el origen del Universo— a un personaje sobrenatural cuando el 100% de los casos anteriores resultaron ser un viejo Jenkins?


Es justo en este punto donde la Navaja de Ockham —ese principio filosófico que dicta que, en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la correcta— corta el nudo gordiano de la fe. Guillermo de Ockham, irónicamente un fraile franciscano del siglo XIV, probablemente se esté revolcando en su tumba, pero su herramienta es letal para la idea de Dios como explicación cosmológica.




Piénsalo estadísticamente. La hipótesis “Dios creó el Universo” es terriblemente complicada porque no resuelve el misterio original, sino que lo duplica al añadir una entidad infinitamente más compleja que necesita, a su vez, una explicación. Lo simple es pensar que los relámpagos son descargas eléctricas, no la ira de un ser supremo. Lo simple es pensar que la vida se diversificó por selección natural, no por diseño individual. Por pura estadística, sabiendo que absolutamente todas nuestras explicaciones sobrenaturales anteriores resultaron ser causas naturales, la probabilidad de que la última y más grande pregunta se resuelva con la hipótesis más extrema y sobrenatural de todas es, por decir poco, remota. Es la hipótesis que siempre ha fallado.


Y llegamos al último callejón sin salida, la pregunta que Shaggy le haría al villano si tuviera coraje: “Si alguien tuvo que haber creado el Universo, entonces… ¿quién creó a Dios?”. La respuesta clásica es un acto de prestidigitación verbal: “Dios es increado, siempre ha existido, es la causa incausada”. Es una máscara de látex para la lógica. Si podemos aceptar, sin parpadear, que una mente divina de complejidad infinita y con la capacidad de diseñar las leyes de la termodinámica puede simplemente “salir de la nada” o “existir eternamente”, entonces hemos aceptado la premisa de que la complejidad puede surgir sin una causa antecedente. Hemos aceptado que algo puede salir de la nada.


Y si ya hemos concedido eso, entonces no necesitamos a Dios para nada. La Navaja de Ockham, implacable, nos susurra: si puedes aceptar que una mente infinitamente compleja surge de la nada, ¿por qué te resulta imposible aceptar que una singularidad infinitamente densa y las leyes de la física cuántica —algo mucho más simple que no requiere de una super conciencia— hayan podido hacer lo mismo? ¿Por qué inventar un personaje más complejo para un guion que ya funciona sin él? Es como si al final del episodio, cuando descubren al viejo Jenkins, la pandilla decidiera que él no es responsable, sino un “súper viejo Jenkins” invisible que controlaba al primero. Una multiplicación de entidades innecesaria.




La verdad, como en cada final de Scooby-Doo, es a la vez inquietante y liberadora. No hay un gran titiritero, no hay un guionista cósmico. Quedan misterios maravillosos —la naturaleza de la materia oscura, la energía oscura, qué había “antes” del Big Bang—, y son reales. Pero la respuesta a ellos no está en inventar nuevos fantasmas, sino en seguir paseando por la mansión oscura del conocimiento con un farol de escepticismo, una pizca de valentía y la certeza absoluta de que, por aterradora que parezca la silueta al fondo del pasillo, detrás de la máscara siempre —estadísticamente siempre— ha habido un universo natural esperando ser comprendido.



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