Vehículos voladores surcan el cielo frente a enormes fachadas de vidrio y acero. En imponentes rascacielos vive una élite rodeada de lujo. Abajo, en las entrañas de la ciudad, obreros trabajan sin descanso para sostener la riqueza de los poderosos. Mantienen en marcha las máquinas que aseguran el funcionamiento de Metrópolis, la ciudad que el cineasta alemán Fritz Lang imaginó en su visionaria película de 1927, escrita junto a su esposa, la novelista y guionista Thea von Harbou.
La historia está ambientada en el año 2026, es decir, en nuestro presente. Uno de sus personajes centrales es María, una de las primeras "mujeres robot" del cine. Esta humanoide encarna lo que hoy llamamos inteligencia artificial (IA). Muchos de los temores actuales frente a esta tecnología ya estaban, de algún modo, anticipados en su figura hace casi cien años.
La inteligencia artificial como amenaza
Como humana, María advierte a los trabajadores sobre los abusos de los poderosos. El gobernante de Metrópolis decide entonces copiar su apariencia y transferirla a un robot, una Maschinenmensch (máquina humana) con la ayuda de un científico obsesivo que persigue sus propios fines. Convertida en una máquina con forma humana, María debe manipular a los obreros para que los poderosos puedan explotarlos aún más. Y como los trabajadores no pueden distinguir entre la mujer real y el androide, el plan parece funcionar.
Cuando imaginó su distopía laboral ambientada en 2026, Fritz Lang pensó en un mundo donde los humanos sirven a las máquinas. Hoy, casi a diario aparecen informes en los que especialistas especulan sobre qué empleos podrían desaparecer por culpa de la inteligencia artificial. Hace poco, por ejemplo, el empresario estadounidense Matt Shumer advirtió en la red social X sobre posibles despidos masivos: en uno o dos años, dijo, ningún trabajo de oficina estaría realmente a salvo.
Androides en el cine
En el cine, la "máquina humana” suele tener un lado oscuro. La María de Metrópolis se convirtió en modelo para muchas historias de ciencia ficción en las que las personas terminan siendo víctimas de sus propias creaciones.
En "Terminator", del cineasta James Cameron, un robot viaja al pasado para asegurar un futuro en el que las máquinas dominen a la humanidad. Con sus esqueletos de acero, ven a los seres humanos, por quienes fueron creados, como una amenaza.
Los "replicantes” de "Blade Runner", de Ridley Scott, fueron diseñados para realizar trabajos peligrosos durante la colonización del espacio. La Tierra se ha vuelto un lugar inhóspito: contaminado, superpoblado y bajo una lluvia constante. Para que los humanos puedan aspirar a una vida mejor en otros planetas, estos androides hacen primero el trabajo más duro. Pero como con el tiempo desarrollan emociones propias -y con ellas la posibilidad de rebelarse- se limita su vida útil a cuatro años. Aun así, algunos se niegan a obedecer y se enfrentan a sus creadores.
Ya sean "terminators” o "replicantes”, casi siempre son indistinguibles del Homo sapiens, como la María robot en Metrópolis. Solo en contadas ocasiones los robots aparecen como aliados de los humanos. Un ejemplo es C-3PO, el androide de "La guerra de las galaxias" creado por George Lucas, un asistente útil y pacífico.
Algo similar imaginan hoy quienes defienden el desarrollo de la inteligencia artificial: androides que conviven con nosotros y ayudan en tareas cotidianas como cuidar a personas mayores, atender a los niños o realizar trabajos domésticos. Los críticos, en cambio, advierten sobre los riesgos de esta tecnología y comparan su avance con la invención de la bomba atómica.
¿Progreso o trampa del progreso?
En "Metrópolis" la ciudad no termina destruida por una guerra nuclear, pero sí por una enorme inundación que causa numerosas muertes. La responsable es la robot María, que incita a los obreros a rebelarse y a destruir el sistema.
En ese sentido, Fritz Lang veía a las máquinas con tanta desconfianza como décadas después lo harían directores como Cameron o Scott. Un androide perfecto como la María de la película todavía no existe. Pero otras ideas que aparecían en "Metrópolis" sí se volvieron realidad: por ejemplo, el tren monorriel o las videollamadas.
Estas últimas se han convertido en una herramienta cotidiana. Con un teléfono inteligente no solo escuchamos a nuestro interlocutor: también lo vemos. Equipos de trabajo repartidos por todo el planeta se reúnen a diario en videoconferencias como si estuvieran en la misma sala. Y quien apaga la cámara puede despertar sospechas: ¿sigue en pijama? ¿O tiene ojeras después de una larga noche?
Quizás Fritz Lang, hace casi un siglo, no mostraba simplemente el progreso, sino también la posible trampa que conlleva el progreso. Sea cual fuere la interpretación, hoy nadie puede decir que las visiones de Metrópolis no tienen nada que ver con nuestra vida actual. El futuro ya llegó.
(md/cp)



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